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La pintura de Manet

"He aquí un texto de Foucault que, si no es una novedad -se trata de una conferencia pronunciada en 1971, que ya tradujo al castellano la revista ER en 1997-, constituye al menos una rareza. Como él mismo gustaba de recordar, en mayo de 1968 no estaba en París, sino en Túnez, adonde había ido entre otras cosas a impartir un curso sobre la pintura del quattrocento y en donde experimentó un aspecto de la revuelta juvenil que siempre consideró en cierto sentido más "auténtico" que el del movimiento estudiantil europeo. En 1971 vuelve al mismo escenario para hablar de Manet y para atribuir al pintor francés un papel que entonces no muchos le reconocían, el de haber alterado fundamentalmente el espacio en el cual se había venido moviendo la representación visual desde el Renacimiento y el de preparar el terreno a todas las revoluciones plásticas del siglo XX. Foucault no se refiere al Manet "impresionista" o "protoimpresionista" al que aún remitían entonces la mayor parte de los manuales.

En el magistral análisis de Las meninas de Velázquez con el que se abre Las palabras y las cosas, el filósofo señalaba el modo en que el cuadro atrapa a sus observadores como paradigma de la visibilidad clásica: la función del cuadro es atraer a su interior a la mirada para la que se despliega. Ese mecanismo simbolizaba todo el espacio de la representación clásica, ordenado en torno al sujeto soberano como el cuadro de Velázquez está ordenado en torno a la mirada del Rey que se refleja en el espejo.En el trabajo de Manet ve Foucault, en cambio, la revocación de este modelo. Y no por la técnica dispersiva en el uso del color sino por la aparición del "cuadro-objeto", es decir, por toda una serie de dispositivos que Manet pone al servicio de la inversión de la operación clásica: en lugar de atrapar la mirada del espectador, expulsarla del espectáculo o desmenuzarla en él. Foucault va desgranando el modo en que Manet pone al descubierto precisamente aquello que todas las estrategias del pintor clásico se habían conjurado para ocultar, a saber, el lienzo bidimensional sobre el que está representada la escena ilusoriamente tridimensional que se pinta. Esta "desilusión" o "desencantamiento" del espacio pictórico se produce también mediante la reducción de la iluminación a un foco constituido por el propio lugar del espectador, que tiende a deshacer la sensación de profundidad y a revelar de nuevo la superficialidad del cuadro.

Finalmente, el soberbio Un bar del Folies-Bergère sirve a Foucault para ejemplificar la operación sustancial de Manet: la exclusión de ese lugar estable y absoluto en donde la representación clásica situaba al espectador; y, además, su exclusión mediante un espejo, que tiene exactamente la función contraria al de Las meninas de Velázquez. Manet, concluye Foucault, no inventó la pintura no-representativa, pero enseñó a los pintores el camino para escapar de la representación. Algo que él mismo pretendió hacer en el terreno del pensamiento.

JOSÉ LUIS PARDO
BABELIA - 26-11-2005

Michel Foucault - La pintura de Manet

Foucault, Michel - Las meninas


Las Meninas o La familia de Felipe IV
Diego Velázquez, 1656
Óleo sobre lienzo (318 cm × 276 cm)
Museo del Prado, Madrid, España

[...]

Quizá, en este cuadro como en toda representación en la que, por así decirlo, se manifieste una esencia, la invisibilidad profunda de lo que se ve es solidaria de la invisibilidad de quien ve -a pesar de los espejos, de los reflejos, de las imitaciones, de los retratos. En torno a la escena se han depositado los signos y las formas sucesivas de la representación; pero la doble relación de la representación con su modelo y con su soberano, con su autor como aquel a quien se hace la ofrenda, tal representación se interrumpe necesariamente. Jamás puede estar presente sin residuos, aunque sea en una representación que se dará a sí misma como espectáculo. En la profundidad que atraviesa la tela, forma una concavidad ficticia y la proyecta ante sí misma, no es posible que la felicidad pura de la imagen ofrezca jamás a plena luz al maestro que representa y al soberano al que se representa.

Quizá haya, en este cuadro de Velázquez, una representación de la representación clásica y la definición del espacio que ella abre. En efecto, intenta representar todos sus elementos, con sus imágenes, las miradas a las que se ofrece, los rostros que hace visibles, los gestos que la hacen nacer. Pero allí, en esta dispersión que aquélla recoge y despliega en conjunto, se señala imperiosamente, por doquier, un vacío esencial: la desaparición necesaria de lo que la fundamenta -de aquel a quien se asemeja y de aquel a cuyos ojos no es sino semejanza. Este sujeto mismo -que es el mismo- ha sido suprimido. Y libre al fin de esta relación que la encadenaba, la representación puede darse como pura representación.


Foucault, Michel; “Las meninas”, en Las palabras y las cosas: Una arqueología de las ciencias humanas, trad. Elsa Cecilia Frost. Buenos Aires: Siglo XXI, 2005 (Gallimard, 1966)

Para leer el texto completo

Sobre Foucault - Entrada del Diccionario de Filosofía Herder


Para bajar Las palabras y las cosas (pdf)